Segunda Fundación del Hombre

Se comenzaba a organizar el cuerpo del hombre y, como en todo ente organizado, se trató de privilegiar las funciones más importantes y los elementos fundamentales para garantizar que todos los mecanismos proveyeran al cuerpo, con su máxima eficiencia, la posibilidad de los más grandes logros.

 

Como organización elemental y esencial se consideró que la distribución neuronal era prioritaria en la vida y el funcionamiento de una criatura racional de sexo masculino.

Se apostó una neurona jefe, vigía y controladora, en cada centro nervioso con la función de coordinar la distribución del multitudinario ejército de neuronas que pululaban por todos los recovecos del cuerpo y, así, poder concretar una figura física e intelectualmente armónica.
Lograda una mínima organización, se dotó al cuerpo de un sistema elemental de impulsos eléctricos y químicos que le permitían dar a las neuronas una cierta direccionalidad, acorde a sus necesidades físicas e intelectuales.
Como siempre ocurre, y mientras los contingentes de neuronas se iban acomodando, nunca faltan las individualidades; alguna con gustos exóticos, otra navegante solitario… un ermitaño, y, entre estos neuronales personajes, también un alpinista. Un alpinista escalador, simple e ingenuo, con algo de idealismo, pero solidario y con ambiciones de lograr sus metas y llegar a lo más alto.
En el diagrama fundacional se planteaba como altura máxima del hombre, su cerebro. Allí se centraba la inteligencia, el razonamiento, los sentimientos, los movimientos… en definitiva el poder.
Solo un vistazo al panel informativo bastó para que la neurona alpinista no tuviese ninguna duda sobre la meta a alcanzar, esa meta que colmaría su necesidad existencial y la situaría en el lugar más elevado, sustancial y enriquecedor del hombre pleno.
Preparó su equipo, abandonó el dedo gordo del pié –adonde su lirismo idealista la había llevado- y comenzó su ascenso.
No fue fácil la faena, todo lo contrario.
A un primer tramo dificultoso por lo vertical y liso de sus paredes, siguieron lugares muy húmedos, pestilentes, cavernas tortuosas y cauces meandrosos… todo un penoso y agotador sacrificio que se fue superando durante un largo tiempo gracias a la voluntad alimentada por lo excelso del emprendimiento.
Con el último aliento, y cuando sus fuerzas lo abandonaban y hacían que se arrastrase penosamente, superó una última formación rígida y accedió a la base de la cima.
Recuperó el aliento, se incorporó y vió a la neurona jefe del sector, tirada sobre el cerebelo y roncando a garganta batiente.
Después de unos sacudones, y cuando logró despertarla, ésta le preguntó.
– ¿Qué hacés acá?
– ¿Cómo que hago? He pasado por todo tipo de situaciones sacrificadas, riesgosas y desagradables para llegar hasta aquí.
– ¿Y a qué viniste?
– ¿Aqué vine? ¡Vine a concretar mi razón de ser, mi necesidad de sentirme en lo más alto, útil, lograr estar en el lugar desde donde el hombre domina todos sus movimientos y encauza sus sentimientos, se concreta, intelectualiza y se realiza como ser superior!
– ¿Cómo? Preguntó nuevamente la neurona jefe, vigía y controladora de la sección, entendiendo cada vez menos.
– Que quiero plegarme a los millones de neuronas que, desde la cumbre, tienen la inconmensurable misión de manejar la vida del hombre. Que he arriesgado mi vida por sentirme plena y orgullosa de mi existencia. Que estoy en la última base, a metros de la cima luego de mucho tiempo y que quiero ascender el último tramo de mi epopeya para integrar el ejército de neuronas que marcarán la marcha triunfal del hombre.
– Escuchame, arriba hay solamente un aspirante a suicida que no se como convencerlo para que no se muera y, te cuento; no tengo idea de qué me hablás.
– Pero ¡Cómo! ¿Esta no es la cabeza?
– Aaaaaahhh…!!! Ahora si te enganché. Tenés razón.
Pero no es esta.