1-LA FELICIDAD-AL RESCATE DE LO GENUINO II

Es evidente, y lamentable, que las palabras vayan perdiendo la virtud de expresar la autenticidad del significado para el que fueron creadas, y esas transformaciones, lejos de enriquecer el idioma lo van bastardeando y haciéndole perder la esencia de su expresión.
No está bueno que sea así, no solo por el hecho de ir perdiendo palabras que comunicaban un concepto claro, sino que el advenimiento de una estampida de términos púberes e informáticos van produciendo una grieta en la fluidez de las comunicaciones entre distintas generaciones, niveles educativos y escalas económicas.
A partir de la banalización del lenguaje comienza la desvalorización de la palabra, su falta de contenido y una creciente pérdida de peso y dimensión.
En principio parece triste, pero no es así para la gran mayoría que, gracias a este proceso, ha logrado ser feliz.
Siempre me he planteado el significado de felicidad como un estado ideal, pleno, perfecto. Y así como la perfección no existe, casi podríamos decir que la felicidad, en estado conciente, tampoco.
Pero es una cuestión de profundidad, y algunos pueden vivir felizmente.
Quien vive en la superficie puede ser feliz con Palito Ortega o Montaner y bailar alegremente al compás de la música. Sacarse la lotería o ganar dinero inesperadamente son acontecimientos suficientemente motivadores para sentir felicidad. Enamorarse y, en menor grado, lograr un acercamiento o una relación, con alguien, largamente deseada, puede ser otra.
De todas las opciones, esta última me presenta dudas y, creo, puede tener una fugaz inserción en nuestra teoría que posibilite echar por tierra, durante unos segundos, mi fundamento, aunque escapando del estado de plenitud.
La buena salud, el estado físico, el autoconvencimiento de ser una persona atractiva, bella o deseable o pensarse poseedor de una inteligencia superior o de un gusto refinado en el vestir, también pueden proveer de una sensación de íntimo orgullo que se asocia con la felicidad, y no hablemos del hincha fanático cuando gana su equipo de fútbol.
Es evidente que la sensación de felicidad tiene que ver con la profundidad. Y el concepto de felicidad, también.
Considero a la felicidad como un estado perfecto, inmaculado, transparente, absolutamente justo y libre de dolor. Es decir inexistente en un estado de conciencia real. Por supuesto que estamos hablando de una persona normal y sensible.
Que se entienda; yo puedo estar contento o tener momentos de alegría por miles de cosas, desde las más triviales a las más profundas, pero siempre habrá tristezas a mi alrededor, y en el mundo, a las que no puedo modificar y, si soy sensible, tampoco ignorar.
Tal vez haya quien pueda decir que es feliz, y de hecho hay muchas personas que lo dicen y lo aseguran. Yo pienso que quienes lo sustentan viven encerrados en una cápsula hermética, construida del más puro egoísmo y sin el menor resquicio por el que pueda penetrar alguna información del exterior, es decir viven inmóviles en un reducto ínfimo y sin luz y con la convicción de abarcar todo el mundo.
Yo creo que la imposibilidad de ser feliz, y conciente y sensible a la vez, no significa vivir triste o amargado. Uno puede estar contento y tener muchos momentos de alegría, pero siempre cubrirán, con mayor o menor penetración, las capas que comienzan en lo exterior de la persona, y crean una protección a la esencia profunda del ser que se mantiene dormida para permitir el disfrute de esos momentos.
Sería demasiado burdo y elemental enumerar las múltiples realidades que, de acuerdo al espíritu y a la formación de cada uno, pueden hacer imposible un estado de felicidad, pero podemos decir que pueden ir desde la muerte, el hambre y las guerras, hasta las injusticias y las actitudes anti ecológicas, de acuerdo al alcance intelectual y sensible de cada ser.
Y cuando pensaba que toda mi elaboración era producto de mi ignorancia conceptual, me topo con Sigmund Freud que dice: “Existen dos maneras de ser feliz en esta vida. Una es hacerse el idiota y la otra, serlo.” Grande Freud, me devolvió la autoestima, pero no tanto. Seguramente por ser el creador del psicoanálisis, y algunas interpretaciones que se ven como medio locas, seguía dudando de mi mayor orgullo: creer tener sentido común.
Otra topada con Gustave Flaubert, un escritor preocupado por el realismo y la estética, me hizo sentir más contento conmigo mismo, ya que fue anterior a Freud y su expresión es más rica y suavemente rotunda. Flaubert escribió: «Ser estúpido, egoísta y estar bien de salud, he aquí las tres condiciones que se requieren para ser feliz. Pero si os falta la primera, estáis perdidos».
No hay más que decir, pero tengo que admitir el fugaz derrumbe en mi fundamento, negador de la felicidad, en los momentos en que un ser enamorado y amalgamado física y espiritualmente con su amor, llega al momento deslumbrante y astral de la relación. Pero son segundos.
Sinónimos de deslumbrar son embobar, enceguecer…, condiciones de un idiota o un estúpido, lo que convalida los pensamientos de Freud y Flaubert, y, si me permiten ponerme un minuto al lado, los míos también.
Quien no esté de acuerdo y sea feliz, siente que “La única manera de ser feliz es que te guste sufrir”, como dijo Woody Allen, acercándose a la modernidad. HLB